Por Juan Pablo Caballero Rodríguez
Aunque suene extraño, hace poco tiempo escribí indicando que este iba a ser el mundial que iba a tener más participación jurídica en toda la historia, y creo que no me equivoqué, pero terminé quedándome corto.
Nos repitieron durante décadas que el fútbol y la política no se mezclan. El Mundial 2026 demostró, partido tras partido, que esa aspiración legítima y obviamente necesaria es cada vez más difícil o prácticamente imposible de sostener en la práctica. No por falta de voluntad de quienes administran el juego, sino porque el torneo más grande del planeta es, inevitablemente, un escenario donde el mundo entero quiere decir algo.
Empezó con el director técnico de Egipto, Hossam Hassan, quien tras la histórica clasificación de los Faraones a octavos de final frente a la selección de Australia, recorrió el campo de Dallas con una bandera palestina mientras las tribunas coreaban por Palestina. A pesar de ser una clara manifestación política, el Comité Disciplinario de la FIFA optó por no sancionarlo. Sin embargo, esta misma decisión, comparada con el precedente de la prohibición de uso y amenaza de sanción sobre el brazalete "One Love" que buscaba promover la diversidad, la inclusión y los derechos sociales del colectivo LGBTI+ en Qatar 2022, dejó abierta una pregunta incómoda que la institución que rige las riendas del fútbol mundial tarde o temprano deberá responder: ¿dónde está la línea entre la expresión humanitaria y el mensaje político, y quién y cómo la traza?
Sin embargo, este fue apenas un sorbo de lo que se veía venir; días después ocurrió el famoso episodio de Folarin Balogun. Cuando el goleador de la Selección Nacional de los Estados Unidos fue expulsado y quedó suspendido para el cruce con Bélgica, la FIFA comunicó que no había vía de apelación. Pero misteriosamente, días después, tras el reclamo público del presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, y una supuesta llamada al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, la suspensión de Balogun fue revocada con una explicación escueta. Es posible que la revisión tuviera mérito deportivo, ya que en algunos casos la jugada era discutible, y el propio Lionel Messi salió impune de una acción similar. Pero la forma importa tanto como el fondo: cuando una decisión disciplinaria se revierte después de la intervención de un jefe de Estado, el mensaje que reciben las 48 federaciones participantes y las 163 federaciones no participantes es que los procesos formales conviven con canales informales. Y una institución que ha invertido tanto en reconstruir la confianza en sus procedimientos luego de los escándalos del FIFA Gate merece y necesita que sus decisiones se perciban blindadas de cualquier presión externa.
Pero allí no se cerró todo: luego, tras haber vencido Argentina 2-1 a Inglaterra en semifinales, los jugadores del seleccionado argentino Lisandro Martínez y Giovani Lo Celso desplegaron una pancarta con la leyenda "Las Malvinas son argentinas", trayendo a un estadio norteamericano una causa que para los argentinos es identidad antes que consigna. Otro capítulo del mismo dilema: el fútbol convoca pasiones que no caben en el reglamento.
Tres episodios, tres semanas, una misma lección: la neutralidad política del fútbol es más fácil de escribir que de administrar. No envidio a quienes deben aplicar esas normas caso por caso, bajo los reflectores del evento más visto del planeta. Pero justamente por eso el próximo desafío de la FIFA es dotarse de criterios claros, previsibles y aplicables por igual, porque la discrecionalidad, aun la bienintencionada, termina erosionando la autoridad de quien la ejerce y generando suspicacia ante el mundo de que las sanciones se aplican solamente dependiendo de quién sea el supuesto sancionado.
Hay un segundo tema que me resulta imposible omitir, y es el modelo de precios de este Mundial de Fútbol.
Por primera vez, la FIFA decidió aplicar un esquema integral de precios dinámicos a una Copa del Mundo. Los números son conocidos: las entradas de Categoría 1 para la final llegaron a ofrecerse por más de US$10,000, lo que es más de un 70% por encima de su precio de lanzamiento, y en la reventa, incluida la plataforma oficial de la FIFA, los boletos para el partido decisivo promediaron casi los US$12,000. Esto muestra que su precio estuvo entre cuatro y seis veces superior al costo para asistir a la final de Qatar 2022.
Entiendo en parte los argumentos del organizador, y no son triviales: una demanda histórica de más de 500 millones de solicitudes, la realidad del mercado norteamericano de eventos, y la lógica de que esos ingresos, más de diez mil millones de dólares, se supone que se redistribuyen en el desarrollo del fútbol mundial.
Si bien la FIFA, después de algunas críticas de muchos sectores, decidió liberar un puñado de tiquetes para algunos aficionados supuestamente al valor de US$60, no hay claridad sobre en manos de quiénes terminaron esos boletos. Creo que esta reflexión vale la pena decirla: el Mundial fue siempre el peregrinaje del pueblo futbolero, el argentino que ahorraba años, el colombiano o el ecuatoriano que hacía cuentas imposibles para acompañar a su selección una vez en la vida. Con boletos que superan el ingreso anual de millones de latinoamericanos, ese peregrinaje se volvió un privilegio. Sesenta y nueve congresistas estadounidenses se lo señalaron por carta a la presidencia de la FIFA; las asociaciones de hinchas de Inglaterra hablaron de precios "pasmosos". No son voces hostiles a la institución: son su público reclamando un lugar en la mesa.
Y ahí está el punto que quiero dejar sentado, con respeto pero sin ambigüedad: el valor del Mundial no nace de la capacidad de pago de quien se sienta en las gradas, sino de la pasión popular que llena de sentido esas sillas. Los patrocinios, los derechos de televisión, los ingresos récord: todo eso existe porque el fútbol es el deporte del pueblo. Tarifar el acceso hasta convertir la final en un evento en el que solo pueden participar aquellas personas que poseen las mayores fortunas del mundo puede ser un gran resultado financiero de corto plazo, pero es una hipoteca sobre el activo más valioso de la casa. Y una organización que ha trabajado seriamente en dejar atrás la sombra del FIFA Gate tiene en el acceso popular su mejor carta de coherencia: la oportunidad de demostrar, con la tabla de precios, la misma vocación de transparencia y servicio que ha predicado en muchas de sus reformas.
El Mundial 2026 quedará en la historia por lo deportivo, y con justicia. Pero también dejó dos conversaciones abiertas que la familia del fútbol dirigentes, juristas, periodistas e hinchas haríamos bien en dar juntos y sin estridencias: cómo administrar la política que inevitablemente se cuela por las tribunas, y cómo asegurar que el próximo Mundial vuelva a ser, también en el precio de la entrada, el torneo de todos, para que el acceso al fútbol se democratice y no se convierta en un espectáculo al que solo puedan asistir algunos privilegiados que tienen o en algunos casos tenemos la oportunidad de pagar boletas a precios irrazonables.

