ESPECIAL DÍA DE LA ABOGACÍA

    Del papel sellado a la inteligencia artificial

    La evolución del ejercicio profesional de la abogacía

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    Desde las universidades coloniales hasta el Derecho 4.0 y 5.0, la abogacía argentina atravesó más de dos siglos de transformaciones. Sus protagonistas participaron en la Revolución de Mayo, en la organización constitucional, en la construcción del Estado, en la ampliación de derechos y, más recientemente, en la transformación tecnológica de la profesión. El Día del Abogado es una oportunidad para recorrer esa historia y preguntarse qué significa hoy ejercer una profesión que siempre estuvo estrechamente vinculada con los cambios del país.

    Hay profesiones cuya historia puede contarse a partir de sus grandes descubrimientos. Otras, a través de sus instituciones, de sus avances científicos o de sus herramientas. La historia de la abogacía argentina, en cambio, se confunde en buena medida con la propia historia del país.

    Mucho antes de que existiera la Argentina como Estado nacional ya había juristas formándose en estas tierras. Y cuando llegó el momento de discutir qué hacer con el poder colonial, fueron abogados quienes llevaron al Cabildo Abierto de mayo de 1810 argumentos jurídicos para justificar la ruptura con el orden vigente. Décadas después, otro abogado, Juan Bautista Alberdi, imaginó buena parte del diseño institucional de la Nación que comenzaba a organizarse.

    Desde entonces, los abogados ocuparon tribunales, universidades, gobiernos, congresos, empresas y organismos públicos. La profesión se diversificó, incorporó nuevas especialidades y cambió sus herramientas. Hoy, además, enfrenta un desafío que probablemente sea tan profundo como cualquiera de los anteriores: cómo ejercer el Derecho en una sociedad atravesada por la inteligencia artificial, la automatización y nuevas formas de relacionarse y trabajar.

    Pero para entender hacia dónde va la profesión, vale la pena volver al principio.

    Antes de la Argentina, ya había abogados

    La historia de los estudios jurídicos en el territorio que luego sería la República Argentina comenzó durante el período colonial. En ese entonces, el gran centro de formación jurídica no estaba ni en Buenos Aires ni en Córdoba, sino en Charcas, Chuquisaca o La Plata, en el actual territorio de Bolivia.

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    La Universidad de Charcas se convirtió en uno de los principales centros intelectuales y jurídicos del Virreinato del Río de la Plata. Allí funcionaba también la Real Audiencia de Charcas, máximo tribunal de justicia de la región, y la Real Academia Carolina, institución vinculada con la formación práctica de los futuros abogados.

    Era, en definitiva, una ciudad donde el Derecho tenía un peso extraordinario. La administración, la justicia, la Iglesia y la universidad concentraban buena parte de la actividad de una sociedad profundamente estructurada alrededor de las instituciones coloniales.

    Por sus aulas pasaron algunos de los hombres que tendrían un papel decisivo en la Revolución de Mayo, entre ellos Juan José Castelli, Mariano Moreno y Bernardo de Monteagudo.

    Mientras tanto, Córdoba comenzaba a desarrollar su propio camino. La Universidad, creada originalmente bajo la influencia de los jesuitas, incorporó los estudios de leyes en 1791. Ese año comenzó a dictarse la Cátedra de Instituta, hecho que la Universidad Nacional de Córdoba identifica como el nacimiento de los estudios jurídicos en la institución. 

    La historia de Córdoba tampoco fue lineal. Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, la conducción pasó a los franciscanos. Más adelante, el clero secular recuperó el control y Gregorio Funes, designado rector, impulsó reformas que contribuyeron a renovar los estudios.

    Así se fueron formando los primeros abogados que participarían en la vida pública de las provincias y, poco después, en la construcción de la Nación.

    Una revolución que también se ganó con argumentos jurídicos

    Existe una imagen tradicional de la Revolución de Mayo asociada a las multitudes frente al Cabildo, las armas, las disputas políticas y la ruptura con el poder español.

    Pero detrás de aquellos acontecimientos hubo también una intensa discusión jurídica.

    En el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, previo a la formación del primer gobierno patrio, Juan José Castelli sostuvo una doctrina que había estudiado en Charcas: ante la ausencia del monarca, la soberanía retrovertía al pueblo.

    La discusión no era solamente política. Era jurídica.

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    Juan José Paso respondió, desde otra posición, utilizando la figura del gestor de negocios: ante una situación de emergencia, Buenos Aires podía actuar en nombre del conjunto y posteriormente rendir cuentas de sus decisiones.

    Más allá de las interpretaciones posteriores sobre aquellos acontecimientos, el episodio permite observar algo significativo: el Derecho fue uno de los lenguajes con los que se construyó la legitimidad de la Revolución.

    Como señalan los protagonistas de los videos que dieron origen a este recorrido, la Argentina nació también de una discusión jurídica, en la que los argumentos fueron utilizados para fundamentar una transformación política.

    Y después de la Revolución vendría otra etapa todavía más compleja: construir las instituciones de un país que todavía no existía plenamente.

    Alberdi, el abogado que imaginó una Nación

    Si hay una figura que sintetiza la relación entre abogacía, Derecho y construcción institucional en la Argentina, es Juan Bautista Alberdi.

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    Nació en San Miguel de Tucumán el 29 de agosto de 1810, pocos meses después de la Revolución de Mayo. A los 14 años se trasladó a Buenos Aires, donde estudió en el Colegio de Ciencias Morales y comenzó posteriormente sus estudios jurídicos en la Universidad de Buenos Aires. Su formación se completó en Córdoba, donde obtuvo el título de Bachiller en Leyes.

    Pero Alberdi fue mucho más que un abogado.

    Fue escritor, músico, periodista, pensador político y diplomático. Participó del ambiente intelectual de la Generación del 37, junto con figuras como Esteban Echeverría y Juan María Gutiérrez. Su oposición al gobierno de Juan Manuel de Rosas lo llevó al exilio, primero en Montevideo y luego en Chile.

    Y fue desde el exilio que produjo la obra por la que quedaría definitivamente ligado a la historia constitucional argentina.

    Después de la batalla de Caseros, en 1852, escribió Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina y envió el texto a Justo José de Urquiza. Las Bases tuvieron una influencia decisiva sobre el proceso que desembocó en la Constitución de 1853.

    Alberdi no estuvo físicamente presente en Santa Fe durante la Convención Constituyente. Sin embargo, su influencia intelectual fue enorme.

    Por eso la imagen que surge de los videos resulta especialmente apropiada: Alberdi como el arquitecto del Estado argentino. No necesariamente como quien construyó cada una de sus instituciones, sino como quien contribuyó a diseñar el plano sobre el cual otros comenzarían a levantar el edificio.

    De la universidad colonial a la universidad argentina

    Mientras el país se organizaba políticamente, también cambiaba el sistema de formación de sus abogados.

    En Buenos Aires, antes incluso de la Universidad, funcionó desde 1814-1815 la Academia de Jurisprudencia, destinada a proporcionar formación práctica a quienes aspiraban a ejercer ante los tribunales. La propia Facultad de Derecho de la UBA señala que durante buena parte del siglo XIX existió una separación entre la formación académica y la formación profesional: la universidad otorgaba el título y la Academia contribuía a preparar para el ejercicio de la abogacía.

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    En 1821 se creó la Universidad de Buenos Aires, por iniciativa de Antonio Sáenz y mediante un decreto firmado por el gobernador Martín Rodríguez y su ministro Bernardino Rivadavia. Entre sus departamentos originales se encontraba el de Jurisprudencia.

    El proceso continuaría durante el siglo XIX con la transformación de las estructuras universitarias y la consolidación de las facultades de Derecho.

    A Córdoba y Buenos Aires se sumaría posteriormente La Plata, cuya universidad fue fundada a comienzos del siglo XX por Joaquín V. González. Y mucho después, a partir de mediados del siglo XX, se produciría una expansión significativa de las universidades privadas.

    La geografía de la formación jurídica se fue haciendo así cada vez más amplia.

    ¿Por qué tantos dirigentes argentinos fueron abogados?

    Durante buena parte de la historia argentina, estudiar Derecho significaba mucho más que prepararse para litigar.

    La carrera jurídica era, en cierto modo, una de las principales puertas de entrada al mundo de los asuntos públicos.

    Economía, Ciencia Política y otras disciplinas que hoy cuentan con identidad académica propia se consolidaron como carreras universitarias independientes mucho más tarde. Por eso, durante décadas, quien quería comprender y participar de la política, la administración del Estado o la discusión institucional encontraba en el Derecho una formación casi natural.

    De allí la enorme presencia de abogados entre los dirigentes políticos y presidentes argentinos.

    La explicación no está solamente en una supuesta vocación política de los abogados. También responde a una época en la que el Derecho constituía una de las principales herramientas intelectuales para comprender y organizar el Estado.

    santiago_derqui_1860-copia Santiago Derqui (1860-1861) es considerado formalmente el primer presidente abogado bajo la Constitución Nacional. Egresó como Licenciado y Doctor en Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba y fue el segundo mandatario constitucional del país, sucediendo al militar Justo José de Urquiza. Además, su gestión fue la primera en gobernar bajo el nombre oficial de "República Argentina".

    La Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA refleja incluso en su denominación esa concepción amplia: el estudio jurídico estaba estrechamente relacionado con otras disciplinas vinculadas con la vida social y política.

    Con el tiempo, la Argentina comenzó a diversificar sus perfiles profesionales. Médicos, ingenieros, economistas y otros especialistas ocuparon posiciones centrales en la conducción del Estado.

    El abogado dejó entonces de ser casi el profesional por definición de la cosa pública para convertirse en uno entre varios especialistas.

    Pero su función institucional permaneció.

    Cuando las mujeres llegaron a la abogacía

    La historia de la profesión también puede leerse como una historia de ampliación de oportunidades.

    Uno de los nombres fundamentales es el de Angélica Barreda, reconocida como la primera mujer argentina en obtener el título de abogada y ejercer profesionalmente. La Suprema Corte bonaerense recuerda que se recibió en 1910.

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    Su ingreso al mundo profesional no fue sencillo.

    Aunque había obtenido su título y contaba con matrícula federal, encontró obstáculos para conseguir la matrícula provincial. Finalmente, la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires la habilitó mediante un fallo dividido.

    Barreda desarrolló luego una extensa actividad profesional, intervino en cientos de casos y también ejerció funciones como asesora jurídica.

    Su historia muestra que la transformación de la abogacía no fue solamente académica o tecnológica. También fue social.

    La profesión fue dejando de ser un espacio reservado fundamentalmente a determinados sectores y comenzó a incorporar nuevas generaciones, nuevas miradas y, progresivamente, una presencia cada vez mayor de mujeres.

    Del abogado generalista al especialista

    Durante el siglo XX, el crecimiento de la economía, las empresas, el comercio internacional y la complejidad de las relaciones sociales multiplicó las áreas del Derecho.

    El abogado que alguna vez podía concebirse como un profesional generalista comenzó a especializarse.

    Derecho laboral, societario, tributario, penal económico, administrativo, ambiental, propiedad intelectual, tecnología, seguros, compliance, protección de datos y muchas otras áreas pasaron a formar parte del mapa habitual de la profesión.

    También cambió el cliente.

    El abogado dejó de trabajar exclusivamente para personas que llegaban con un conflicto ya producido. Cada vez más comenzó a acompañar empresas, organismos y organizaciones antes de que aparecieran los problemas, participando en la prevención de riesgos y en la toma de decisiones.

    Esa transformación modificó también la definición misma del trabajo jurídico.

    El abogado ya no solamente interpreta una norma o redacta un escrito. Debe comprender un negocio, una organización, una industria, una tecnología y, cada vez más, las circunstancias económicas y sociales que rodean al problema jurídico.

    La tecnología vuelve a cambiar las reglas

    Si la profesionalización, la especialización y la incorporación de las mujeres transformaron la abogacía durante los siglos XIX y XX, la revolución tecnológica está produciendo otra mutación de enorme alcance.

    El expediente electrónico, las bases de datos jurídicas, las comunicaciones digitales, la gestión documental y las herramientas de automatización modificaron la práctica cotidiana.

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    Y ahora aparece la inteligencia artificial.

    El desafío no consiste solamente en aprender a utilizar una nueva herramienta. La transformación es mucho más profunda: obliga a revisar qué tareas agregan realmente valor en el trabajo de un abogado.

    La tecnología puede procesar enormes cantidades de información, detectar patrones, resumir documentos, asistir en investigaciones y automatizar tareas repetitivas. Pero la profesión conserva dimensiones que no pueden reducirse a una búsqueda eficiente de información.

    Interpretar un conflicto, comprender los intereses de las partes, evaluar riesgos, negociar, persuadir, decidir una estrategia y asumir responsabilidad profesional siguen requiriendo criterio humano.

    Por eso, el futuro del abogado probablemente no dependa de competir con la tecnología, sino de aprender a trabajar con ella.

    El abogado como profesional y como humanista

    Hay otra transformación menos visible, pero quizás más importante.

    Una sociedad más compleja, plural y diversa genera nuevos conflictos y exige nuevas formas de resolverlos. En ese contexto, el abogado no puede limitarse a conocer las normas.

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    Necesita comunicarse.

    Necesita trabajar en equipo.

    Necesita liderar.

    Necesita comprender una organización.

    Necesita negociar.

    Necesita incorporar tecnología.

    Y necesita, sobre todo, comprender a las personas.

    La función del abogado aparece así ligada a una idea que atraviesa siglos de historia: el Derecho como mecanismo para transformar el conflicto en una solución racional.

    La sociedad humana es necesariamente conflictiva. La diferencia está en cómo se procesan esas diferencias. Pueden resolverse mediante la violencia o mediante instituciones, argumentos y reglas.

    La misión del abogado consiste precisamente en contribuir a que los conflictos puedan prevenirse y, cuando inevitablemente aparecen, sean resueltos de la manera más pacífica, racional y fundada posible.

    Eso explica por qué la formación del abogado del futuro no puede ser exclusivamente jurídica. Junto al conocimiento técnico aparecen las llamadas habilidades blandas, el liderazgo, la comunicación, el trabajo colaborativo, el management jurídico y una comprensión más amplia de la cultura y de los problemas humanos.

    Una profesión que cambia, una misión que permanece

    Desde las aulas de Charcas hasta las herramientas de inteligencia artificial hay una distancia de varios siglos.

    Cambió el país. Cambiaron las universidades. Cambiaron las leyes, los tribunales, los clientes y las tecnologías. Cambió también quiénes pueden estudiar y ejercer la profesión.

    Pero hay algo que permanece.

    Los primeros juristas formados en Charcas utilizaron sus conocimientos para discutir la legitimidad del poder colonial. Los abogados de la primera mitad del siglo XIX participaron en los debates sobre la organización nacional. Alberdi imaginó, desde el exilio, buena parte del diseño constitucional de la Argentina. Las generaciones posteriores acompañaron la construcción de las instituciones republicanas y la expansión de los derechos.

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    Hoy, frente a una sociedad mucho más compleja, el desafío vuelve a ser similar: utilizar el conocimiento jurídico para ordenar la convivencia.

    Quizás esa sea la mejor manera de mirar el Día del Abogado. No como una celebración congelada en el pasado, sino como una oportunidad para observar cuánto cambió la profesión y, al mismo tiempo, cuánto de su razón de ser permanece.

    Porque el abogado de Charcas y el abogado que hoy trabaja con inteligencia artificial viven en mundos completamente diferentes.

    Pero ambos tienen, en definitiva, la misma responsabilidad esencial: hacer del Derecho una herramienta para que los conflictos puedan resolverse mediante la razón, las instituciones y la convivencia, y no mediante la fuerza.

    Y esa tarea, después de más de dos siglos de historia argentina, sigue siendo tan necesaria como el primer día.

    Las fuentes

    Gran parte de los datos recogidos por esta nota, fueron extraídos de las entrevistas con los Dres. Alfonso Santiago y Juan Pablo Bustos Thames, que dejamos aquí.

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